Teresa Lopez (español)

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“La historia de Mar y Sol”
por Teresa Lopez


Llegué a la Playa de Los Tubos en Vega Baja, donde se había juntado un grupo de gente para trabajar en un primer Festival, junto a un amigo que conocí en otro festival de surfing en Rincón (era de Bayamón, pero ya olvidé su nombre). Corría el mes de octubre o noviembre de 1971 y yo tenía 14 años. Allí, me informó ese amigo (un joven hermoso de largos, rizos y rubios cabellos), podía conseguir un sitio en donde quedarme, ya que yo me había escapado de la casa y no tenía a dónde ir.

Pronto fui acogida en su “tipi” por una familia de carpinteros de Nuevo México cuyo padre e hijo se llamaban ambos Eloy (ya no recuerdo el apellido). En unos días terminé alojándome con Eloy hijo, en su pequeño “tipi”, el cual había levantado al lado del de su padre. Los “Eloys” se encontraban allí junto otros para construir la tarima y otras cosas más en preparación para el evento musical. Allí ya había mucha gente esperando comenzar el trabajo para el cual habían sido contratados, pero las cosas no se movían todavía porque, aparentemente, había que esperar a que el gobierno diera unos permisos y aquello se estaba demorando extraordinariamente en lograrse.


Mientras tanto, se fue organizando el sitio al estilo “comuna”. Se vivía como si uno estuviese viviendo en una villa, una al estilo medieval. Vivir allí resultó ser divertidísimo. Además de los Eloys en su “tipi:, había gente viviendo en distintos tipos de casetas. Otros se “hospedaban” en una casa abandonada que se había limpiado, más o menos, aunque no tenía ventanas. Se había construido además una cocina donde también había un área de comedor. Durante la espera, cada persona tenía sus tareas asignadas. A mí me tocó trabajar en el “gate” junto a Milton y Willie y, a veces, también ayudaba a cocinar o servir la comida. Todo aquello quedaba enmarcado por el hermoso mar de esa playa y arrullado por las olas. Por las tardes había mucho más tiempo de ocio. Se organizaban meditaciones, ejercicios de yoga o nos bañábamos en el río o en el mar. Creo que también ya estaban en pie las duchas (pero de esto no estoy tan segura). Ya de noche (después de la cena), la gente se reunía nuevamente, venían visitantes y, por lo general, se socializaba, unos y otros contándose historias o se discutía de diversos temas, antes de irse a dormir.

Allí conocí a mucha gente que venía de Estados Unidos quienes me introdujeron a un caudal de ideas muy distintas de las cuales me había criado y que generalmente chocaban con el tradicionalismo de la sociedad puertorriqueña de ese entonces, tan provincial, anclado en el pasado y en el Catolicismo. Palabras como libertad, individualidad, paz, espiritualidad y tantas otras se engranaron en mi conciencia desde entonces y, de diversas maneras, determinaron mi vida en adelante. De Puerto Rico también conocí a muchos personajes extraordinarios, gente como Ricky de Soto, David El Loco, Armando, entre tantos otros cuyos nombres (aunque no las caras y las memorias que de ellos tengo) han terminado ofuscados por la neblina del tiempo.

 

Al cabo de par de meses, el evento fue cancelado y muchos de los estadounidenses que allí se encontraban regresaron a su casa. Los Eloy trataron de llevarme con ellos a Nuevo México y, aunque yo también deseaba irme con esa familia, debido a mi edad eso no fue posible y, una tarde, tuvimos que despedirnos para siempre. Y aunque algunos, incluyendo los de Puerto Rico se quedaron en el lugar, yo también terminé abandonando la comuna de Tubos.

En la primavera del 1972, regresé a Tubos nuevamente, casi una semana antes de que comenzara el nuevo Festival Mar y Sol, junto a mis nuevos amigos Jochy y otros “surfers” de Arecibo, Quique, Tomás y sus respectivas novias, con quienes estaba compartiendo una casita de madera en Guánica (recién construída en una comunidad levantada sobre terrenos recién invadidos). No sólo me sentía aún parte de la “comuna” de Tubos, ya que algunos de mis antiguos amigos habían permanecido allí y trabajaban en el nuevo festival con los nuevos promotores, sino que en el evento iban a tocar algunos de mis grupos favoritos como Emerson, Lake and Palmer y eso yo no me lo iba a perder por nada, absolutamente nada, en el mundo.

Hicimos un largo viaje desde Guánica hasta Vega Baja para acampar en los terrenos de Mar y Sol pero cuando llegamos nos dimos cuenta que habían clausurado el área y había que pagar para entrar, algo que no habíamos previsto. Entonces yo le dije a Jochy y al resto del grupo que iba a hablar con mis antiguos amigos para que ellos nos dejasen pasar. Insistí que me esperasen por ahí en lo que volvía y me fui.

Recuerdo preguntar por Milton y Willie y que alguien me dejó pasar a buscarlos. Al rato, preguntando por aquí y por allá, dí con ellos en una gran casa de campaña que me pareció, al entrar en ella, una gran burbuja multicolor. Milton y Willie me prometieron averiguar y dejarme saber tan pronto tuvieran noticias. Mientras tanto, me fui a dar un paseo por la zona a ver qué estaba sucediendo. Ví que había mucha gente acampando en la playa, en casetas, en casitas hechas de palmeras, en “sleeping bags” o a la intemperie, directamente bajo los elementos. Era todo una maravilla de espectáculo. Por doquier la gente estaba “conectándose” unos con otros como si fuesen amigos de toda la vida.

 


Pasaban cosas inusuales. Me viene a la mente la imagen de un chico estadounidense, vestido con un abrigo tipo “rain coat”, bajo el cual no lleva absolutamente ninguna ropa. En su cabeza tenía puesto un sombrero hecho con hojas de palmas. El estadounidense –allí había cientos de ellos junto a los locales– repetía extasiado: “Coconut, palm trees, I love Puerto Rico” mientras trataba de abrazar el mar, el cielo, las palmeras.Otros se bañaban desnudos en el mar. De repente, Tubos se había convertido en un paraíso de libertad y confraternidad. Compartí con gente de aquí y allá, mientras el tiempo parecía detenerse, hasta que de repente me acordé de mis amigos: ¡habían pasado ya tres días!

Volví apresuradamente hasta la burbuja multicolor de Milton y Willie. Ellos seguían siendo Milton y Willie, un dúo, como desde que primero los había conocido en la playa del Sheraton, en Condado, un año antes. El par tenían buenas noticias: mis amigos podían pasar sin pagar la entrada. Me trasladé apresuradamente hacia donde último los dejé para darles la noticia, pero, por supuesto, ya no se encontraban allí. Estuve un largo rato tratando de localizarles. Ya había bastante gente al otro lado de la carretera, donde estaba la tarima y se celebraría el Festival. Al fin los encontré en aquel lado.

Se habían ubicado en una caseta a la izquierda de la tarima, a un tercio de bloque de ella. Tenían el carro estacionado al lado de la caseta. Habían colocado un sofá de carro, al frente de la caseta, como si fuese un balcón. Se habían encontrado la manera de entrar por su cuenta y, por supuesto, estaban muy enfados conmigo por haberles abandonado a su suerte. Pero eso al ratito se subsanó y pude seguir junto a ellos el resto del tiempo.

Durante esos días, había gente compartiendo siempre con nosotros. No importaba si te conocían de antemano o no, la gente que por allí pasaba venía a visitarnos. Se sentaban en el sofá y con eso bastaba. Daba igual: todos éramos una gran familia. Lo que es mejor: aparecía comida, bebida, cualquier cosa, como si fuese maná del cielo. Se intercambiaba, se compartía todo lo que se tenía y nunca faltaba nada.

Unos días más tarde, el área se llenó de gente y las bandas empezaron a tocar. Desde el lugar en que Jochy y mis amigos se habían ubicado se podía ver bastante bien la tarima y, aunque no estaba cerca, se escuchaba perfectamente la música. Con eso yo tenía suficiente de día, pero de noche me gustaba irme cerca a la tarima a escuchar las bandas. En varias ocasiones me dormía allí mismo, mirando las estrellas mientras las bandas tocaban, y cuando ya percibía el silencio de las bocinas me despertaba con mucha gente dormida o charlando a mi alrededor. Cuando no tocaban las bandas, uno se iba a la playa, al río o a las duchas a bañarse, donde ya la desnudez –la cual causaba un escándalo en la prensa y por el derredor– era algo común y habitual.

Abundaban las historias y los mitos. Uno que circuló contaba que habían llegado una gente “salvajes” que habían montado sus lugares de dormir en las palmeras (que estaban detrás de la tarima) y que se alimentaban de la pulpa de las palmas y de los cocos solamente. Muerta de curiosidad, un día convencí a Jochy a que fuera conmigo a averiguar, pero no vi a nadie trepado en las palmeras y menos durmiendo en alguna. En otro momento se rumoró que alguien había asesinado a otro, pero ni yo ni mis amigos nos percatamos de ello. De mi parte, yo nunca noté actos violentos a mi alrededor y, con tanta gente amorosa rodeándome, siempre me sentí segura. Allí sólo encontré música, amistad, naturaleza y buen compartir por cualquier lugar en el cual me ubicaba.

Al fin, de Emerson, Lake and Palmer mis recuerdos son harto difusos. Aunque quisiera, por más que me esfuerzo, no recuerdo qué día fue que tocaron, ni dónde me encontraba y con quien. Reconozco haberle escuchado en algún momento y, para mi decepción, no haberme impresionado tanto su música en vivo
(no era lo mismo que los discos que había escuchado). Algo similar ocurre al tratar de recordar el resto de las bandas. Además, supongo que, para mí, fue más importante la impresión que me causó estar allí conectada con tanta energía, de tanta gente y con la naturaleza. Y, la música, al cabo del tiempo, se volvió en algo que complementaba el teatro de todo lo que estaba viviendo.

La próxima imagen que me viene a la mente es hacer el viaje de regreso a Guánica, montada con Quique en su moto, en ruta al pueblo de Isabela por una hermosa carretera, el viento acariciando mi cara.

-Teresa Lopez